'Nos han dado la tierra'

Ask me anything   Miguel Pradas. Periodista. Comunicación en Cruz Roja Málaga. Vértice del triángulo de Manual de Uso Cultural. El llano siempre en llamas. Nada más, perfectamente quieto mirando el suelo, como el cónsul de 'Bajo el Volcán'.

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    «Las voces tiemblan en un final sonoro y cesan», piensa el granjero Vernon Tull durante ese viaje tempestuoso que es ‘Mientras agonizo’, como si lo que describe, el velatorio de Addie Bundren, la más apasionada dama de un condado apócrifo, fuera el resumen de la biblioteca de William Faulkner, invariablemente arenosa, siempre resonante.
Se siente la atmósfera recurrente de ‘El ruido y la furia’, ‘Santuario’ o ‘Absalón, Absalón’ al interpretar los alrededores de la casa de los Bundren, de suelos deslucidos y parcelas deprimentes sobre las que asoman el algodón y el maíz sólo de vez en cuando, de aguas cenagosas, de vados que se atraviesan cabalgando, de lugareños con coderas y pantalones enfangados. Y ahí reiteran su desfile paradójico esos personajes propios de cuadro regional, pero de entendimiento universal; de aparente sumisión a un destino cruel, pero de descarado inconformismo; algunos de presencia opresiva, otros de manifiesto retraimiento con el peculiar sello faulkneriano. Pero siempre con un discurso de voces temperamentales –temblorosas, como diría el granjero Tull–, en las que se entretejen el discurso del ‘bien’ y los argumentos del ‘mal’ para abrazar, finalmente, una compleja urdimbre sin herencias.
Los extraños aires de grandeza del ambicioso Thomas Stupen de ‘Absalón, Absalón’ o el enigmático Joe Christmas de ‘Luz de agosto’, cuyas apariciones provocan el revuelo en comunidades apacibles. También, las habilidades de Flem Snopes para crecer socialmente y contener a elementos molestos, atisbadas ya en ‘El villorrio’, o los arrebatos de bajos fondos del Popeye de ‘Santuario’. Son algunas de las voces vehementes que se funden en un eco infinito en la biblioteca de Faulkner.
«La tierra más cercana a la puerta estaba desnuda», afirma alguien en ‘El ruido y la furia’, quizá previendo el tránsito inmisericorde de personajes a la entrada de esa biblioteca: hollada por generaciones de familias que siempre se vieron ancladas a valores que ahora se resquebrajan, pisoteada por portadores de la corrupción moral del individuo, del egoísmo, de la soberbia, de las convenciones racistas.
Decía el autor norteamericano que buscaba la inmortalidad, detener el tiempo con su máquina de escribir para que, meses, años o décadas después, alguien lo pusiera en marcha a través de su propia experiencia: «Ésa es la manera que tiene el artista de escribir ‘Yo estuve aquí’ en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir». Faulkner deja su firma en ese muro metafórico con las manos embarradas y el lápiz quebrado de penalidades: «No existe tal cosa como fue, sólo es».
Y lo cierto es que el condado apócrifo de su mundo literario, Yoknapatawpha, sale airoso del paso del tiempo, perpetuo, acogiendo historias que nunca acaban de contarse, en constante movimiento, como la de ‘El ruido y la furia’, la tragedia eterna de los Compson: incomprendida a ojos del personaje retrasado y sin palabras de Benjy, frustrante en el monólogo del sensible suicida Quentin, anárquica en la narración del avasallador Jason, atemperada en el relato centrado en la criada Dilsey y las ataduras de su condición racial. «Nunca pude dejar de lado esa novela y nunca pude contar bien la historia», reconoció en un par de ocasiones. Surge, de nuevo, esa compleja urdimbre literaria que propicia el libre albedrío.
Aquí es cuando aflora una de esas caprichosas asociaciones que nunca sabremos cómo se dan: al ser guiado por Faulkner hacia el interior de sus posesiones, uno podría evocar automáticamente aquello con que coronaba Lou Reed el ‘Ride into the sun’ de su disco homónimo: «Es difícil vivir en la ciudad […] Donde todo parece tan sucio…». Qué decir del paisaje agreste de Faulkner: definitivamente, el bueno de Lou no había leído al genio de New Albany, Missississipi. 
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    «Las voces tiemblan en un final sonoro y cesan», piensa el granjero Vernon Tull durante ese viaje tempestuoso que es ‘Mientras agonizo’, como si lo que describe, el velatorio de Addie Bundren, la más apasionada dama de un condado apócrifo, fuera el resumen de la biblioteca de William Faulkner, invariablemente arenosa, siempre resonante.

    Se siente la atmósfera recurrente de ‘El ruido y la furia’, ‘Santuario’ o ‘Absalón, Absalón’ al interpretar los alrededores de la casa de los Bundren, de suelos deslucidos y parcelas deprimentes sobre las que asoman el algodón y el maíz sólo de vez en cuando, de aguas cenagosas, de vados que se atraviesan cabalgando, de lugareños con coderas y pantalones enfangados. Y ahí reiteran su desfile paradójico esos personajes propios de cuadro regional, pero de entendimiento universal; de aparente sumisión a un destino cruel, pero de descarado inconformismo; algunos de presencia opresiva, otros de manifiesto retraimiento con el peculiar sello faulkneriano. Pero siempre con un discurso de voces temperamentales –temblorosas, como diría el granjero Tull–, en las que se entretejen el discurso del ‘bien’ y los argumentos del ‘mal’ para abrazar, finalmente, una compleja urdimbre sin herencias.

    Los extraños aires de grandeza del ambicioso Thomas Stupen de ‘Absalón, Absalón’ o el enigmático Joe Christmas de ‘Luz de agosto’, cuyas apariciones provocan el revuelo en comunidades apacibles. También, las habilidades de Flem Snopes para crecer socialmente y contener a elementos molestos, atisbadas ya en ‘El villorrio’, o los arrebatos de bajos fondos del Popeye de ‘Santuario’. Son algunas de las voces vehementes que se funden en un eco infinito en la biblioteca de Faulkner.

    «La tierra más cercana a la puerta estaba desnuda», afirma alguien en ‘El ruido y la furia’, quizá previendo el tránsito inmisericorde de personajes a la entrada de esa biblioteca: hollada por generaciones de familias que siempre se vieron ancladas a valores que ahora se resquebrajan, pisoteada por portadores de la corrupción moral del individuo, del egoísmo, de la soberbia, de las convenciones racistas.

    Decía el autor norteamericano que buscaba la inmortalidad, detener el tiempo con su máquina de escribir para que, meses, años o décadas después, alguien lo pusiera en marcha a través de su propia experiencia: «Ésa es la manera que tiene el artista de escribir ‘Yo estuve aquí’ en el muro de la desaparición final e irrevocable que algún día tendrá que sufrir». Faulkner deja su firma en ese muro metafórico con las manos embarradas y el lápiz quebrado de penalidades: «No existe tal cosa como fue, sólo es».

    Y lo cierto es que el condado apócrifo de su mundo literario, Yoknapatawpha, sale airoso del paso del tiempo, perpetuo, acogiendo historias que nunca acaban de contarse, en constante movimiento, como la de ‘El ruido y la furia’, la tragedia eterna de los Compson: incomprendida a ojos del personaje retrasado y sin palabras de Benjy, frustrante en el monólogo del sensible suicida Quentin, anárquica en la narración del avasallador Jason, atemperada en el relato centrado en la criada Dilsey y las ataduras de su condición racial. «Nunca pude dejar de lado esa novela y nunca pude contar bien la historia», reconoció en un par de ocasiones. Surge, de nuevo, esa compleja urdimbre literaria que propicia el libre albedrío.

    Aquí es cuando aflora una de esas caprichosas asociaciones que nunca sabremos cómo se dan: al ser guiado por Faulkner hacia el interior de sus posesiones, uno podría evocar automáticamente aquello con que coronaba Lou Reed el ‘Ride into the sun’ de su disco homónimo: «Es difícil vivir en la ciudad […] Donde todo parece tan sucio…». Qué decir del paisaje agreste de Faulkner: definitivamente, el bueno de Lou no había leído al genio de New Albany, Missississipi. 

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    — hace 2 años con 20 notas
    #faulkner  #novela  #literatura  #el ruido y la furia  #santuario  #snopes  #Yoknapatawpha  #compson  #lou reed 
    1. arspoetique ha reblogueado esto desde miguelpradas
    2. miguelpradas ha publicado esto